lunes, 28 de septiembre de 2009

CAPITULO 11: ALARMA (11ª Parte)

Olga y Eddy se quedaron con la boca abierta. No esperaban aquello. Lola se acercó con un gesto turbio en la mirada y durante un par de minutos se limitó a mover sus dedos alrededor de la bola de cristal, aproximando su rostro hasta casi tocar su superficie. Acabó alejando su cara de la esfera, inquieta.

- Una nube oscura se cierne sobre nosotros… - murmuró la profesora Rappelson

Eddy sintió la necesidad de reír ante la interpretación de la profesora por parecerla absurda, pero el rostro grave de Olga hizo que se contuviese.

- Se acabó la clase ¡Todos fuera! – ordenó la profesora.

Los alumnos recogieron sus libros y salieron de allí totalmente confusos. La profesora Rappelson y dejó la puerta bloqueada con un hechizo. Corría por los pasillos en dirección al despacho del director sin hacer caso de los cuchicheos que se estaban provocando con su carrera.

- Lola ¿por qué corres? – le preguntó el director Kingsley.

Lola frenó bruscamente y tropezó. Hubiese caído al suelo si no hubiese sido porque Harrison Kingsley la sujetó de un brazo.

- ¿Qué ocurre Lola? – le preguntó preocupado.

Lola no contestó porque estaban rodeados de gente y, cogiendo del brazo al director, lo arrastró a su despacho.

- Lola, muchas grcias por guiarme – le dijo mientras intentaba soltarse – pero sé dónde está mi despacho.

- Ya lo sé – contestó la profesora, pero no lo soltó hasta que entraron y cerraron la puerta.

- ¿Y bien? – preguntó el director con tono impaciente.

Lola relató lo ocurrido en su clase.

- ¿Qué fue lo que viste? – inquirió el director.

- No fue sólo lo que vi, también lo que oí – hizo una pausa para coger aire y continuar -. Eran unos chillidos muy agudos. Me pusieron la carne de gallina.

La alarma en la cara de Lola era evidente. “Mal asunto” pensó el director al ver que ella agarraba ansiosamente el amuleto que siempre llevaba al cuello.

Lola contó que a los chillidos se unieron unas imágenes que enturbiaron sus ojos.

- Me dije a mí misma que todo era tan irreal como un sueño, pero no pude calmarme y terminé la clase. Había lápidas y huesos por todas partes. Eran espíritus de muertos inocentes Harrison.

- ¿Qué crees que significa? – preguntó el director.

- Es un aviso, una advertencia.

Lola cerró los ojos con fuerza y se llevó las manos a los oídos para frenar el recuerdo de los gritos, y se repitió mentalmente que aquello era sólo un aviso. Harrison le puso las manos en los hombros en un gesto tranquilizador.

- Tranquila Lola.

1 comentario:

Ahola dijo...

La que se va a armar es gorda...